Lo que llamamos casualidad no es ni puede ser sino la causa ignorada de un efecto desconocido.
El que no vive para servir, no sirve para vivir.
Reyes o gobernantes no son los que llevan cetro, sino los que saben mandar.
Si me hubiese quedado tranquilo en mi casa en vez de irme a sufrir por el mundo, ¡no me habría ahorrado pocas penas y pocos zapatos!
El silencio es el elemento en el que se forman todas las cosas grandes.
El cielo de la fama no es muy grande, y cuántos más en él entren a menos tocan cada uno de ellos.
Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor.
Nuestras mayores tonterías pueden ser muy sabias.
Una revolución es el triunfo de los ambiciosos de abajo sobre los medrosos de arriba.
No es tan dañoso oír lo superficial como dejar de oír lo necesario.
Empieza cada día con una sonrisa y mantenla todo el día.
Aquel cuya sonrisa le embellece es bueno; aquel cuya sonrisa le desfigura es malo
El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida.
Para tener buena salud lo haría todo menos tres cosas: hacer gimnasia, levantarme temprano y ser persona responsable.
Vale más un minuto de pie que una vida de rodillas.
Un idealista es una persona que ayuda a otra a ser próspera.
El error del anciano es que pretende enjuiciar el hoy con el criterio del ayer.
Al demostrar a los fanáticos que se equivocan no hay que olvidar que se equivocan aposta.
Repara tu trineo en el verano, y tu carreta en el invierno.
Quien no es capaz de desprenderse de un tesoro en un momento de necesidad es como un esclavo encadenado.
La tierra es insultada y ofrece sus flores como respuesta.
La traición supone una cobardía y una depravación detestable.
Las palabras, cera; las obras acero.
Dios, que muestras nuestras lágrimas a nuestro conocimiento, y que, en su inmutable serenidad, nos parece que no nos tiene en cuenta, ha puesto él mismo en nosotros esta facultad de sufrir para enseñarnos a no querer hacer sufrir a otros.
Todas las cosas llegan, le hacen daño y se van.
Conócete, acéptate, supérate.
La fatalidad no pesa sobre el hombre cada vez que hace algo; pero pesa sobre él, a menos que haga algo.
No confíes tu secreto ni al más íntimo amigo; no podrías pedirle discreción si tú mismo no la has tenido.