La vanidad es tan fantástica, que hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados.
Las razas laboriosas encuentran una gran molestia en soportar la ociosidad.
El mal es un árbol que crece y que, cortado, retoña.
Para mí, la vanidad es una dolencia tan superficial que basta con rascarme un rato para que desaparezca.
La sola idea de que una cosa cruel pueda ser útil ya es de por sí inmoral.
Así corrompe el ocio al cuerpo humano, como se corrompen las aguas si están quietas.
Sólo los cobardes son valientes con sus mujeres.
Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda.
A veces, cuesta mucho más eliminar un solo defecto que adquirir cien virtudes.
Nada torna a la gente más desnaturalizada e insubordinada que una larga y constante ociosidad.
La violencia, sea cual sea la forma en que se manifieste, es un fracaso.
La tarea que enfrentan los devotos de la no violencia es muy difícil, pero ninguna dificultad puede abatir a los hombres que tienen fe en su misión.
Una de las ventajas de ser desordenado es que uno está continuamente haciendo nuevos y excitantes descubrimientos.
La cura más segura para la vanidad es la soledad.
Desconfío de la incomunicabilidad; es la fuente de toda la violencia.
Los necios admiran, los sensatos aprueban.
En una mano lleva la piedra, y con la otra muestra el pan.
¿Quién puede vanagloriarse de no tener defectos? Examinando los suyos, aprenda cada uno a perdonar los de los demás.
Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien.
El egoísta sería capaz de prender fuego a la casa del vecino para hacer un huevo frito.
El recuerdo del mal pasado es alegre.
Todos los que parecen estúpidos, lo son, y además también lo son la mitad de los que no lo parecen.
El hombre nació en la barbarie, cuando matar a su semejante era una condición normal de la existencia. Se le otorgó una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacia otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro.
Al hombre perverso se le conoce en un sólo día; para conocer al hombre justo hace falta más tiempo.
Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis.
Si nos cruzamos de brazos, seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa.
¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios.
Cuanto mejor es uno, más difícil le resulta sospechar de la maldad de los demás.
Es mejor ser examinado que ignorado.