Todas las épocas decadentes son subjetivas y, por el contrario, todas las épocas de progreso son objetivas.
Todo idealismo frente a la necesidad es un engaño.
En un acto social, cada uno disfruta de los demás.
Cuando hay dinero de por medio es muy difícil la libertad.
Las mujeres son como las veletas: sólo se quedan quietas cuando se oxidan.
Cuando somos jóvenes lamentamos no tener una mujer, cuando nos hacemos viejos lamentamos no tener a la mujer.
Gobierna mejor quien gobierna menos.
La civilización es una terrible planta que no vegeta y no florece si no es regada de lágrimas y de sangre.
La finalidad del castigo es asegurarse de que el culpable no reincidirá en el delito.
La mujer escoge muchas veces al hombre que la ha de escoger a ella.
Un hombre puede combatir una afirmación con un razonamiento; pero una sana intolerancia es el único modo con que un hombre puede combatir una tendencia.
Trabajo deprisa para vivir despacio.
El alumno mediocre es aquel que no supera a su maestro.
Sin una familia, el hombre, solo en el mundo, tiembla de frío.
¿Qué confianza puede tenerse ni qué protección se puede encontrar en leyes que dan lugar a trampas y enredos interminables, que arruinan a los litigantes, engrandecen a los curiales y facilitan a los Gobiernos cargar impuestos y derechos sobre las disensiones y pleitos eternos de sus súbditos?
El dinero no da la felicidad, ciertamente; pero tampoco es un obstáculo serio.
No hay en el mundo cosa más cara que la que se compra con ruegos.
El progreso consiste en renovarse.
Ley implacable de la naturaleza: o devorar, o ser devorado. Pueblos e individuos, o víctimas o verdugos.
¡Ah, el eterno femenino!, decía aquel señor cuya mujer nunca acababa de morir.
La civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe.
No es tarea fácil dirigir a hombres; empujarlos, en cambio, es muy sencillo.
La única educación eterna es esta: estar lo bastante seguro de una cosa para decírsela a un niño.
Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos.
El que ostenta el poder es siempre impopular.
Las convicciones políticas son como la virginidad: una vez perdidas, no vuelven a recobrarse.
La moral es la regla de las costumbres. Y las costumbres son los hábitos. La moral es, pues, la regla de los hábitos.
De aquel que opina que el dinero puede hacerlo todo, cabe sospechar con fundamento que será capaz de hacer cualquier cosa por dinero.
La política es una guerra sin efusión de sangre; la guerra, una política con efusión de sangre.