Confiar en todos es insensato; pero no confiar en nadie es una torpeza neurótica.
Más vale una buena esperanza que una posesión ruin.
Una persona que busca venganza mantiene abiertas sus heridas.
El dolor que no se desahoga con lágrimas puede hacer que lloren otros órganos.
Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes.
¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!.
Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo; no sea que te chamusques a ti mismo.
Cuando uno pierde la esperanza, se vuelve reaccionario.
Los celos no son más que una inquieta tiranía aplicada a los asuntos del amor.
¡Cuán bueno hace al hombre la dicha! Parece que uno quisiera dar su corazón, su alegría. ¡Y la alegría es contagiosa!
Cuando un hombre estúpido hace algo que le avergüenza, siempre dice que cumple con su deber.
Los celos son hijos del amor, pero son bastardos, te confieso.
La envidia es causada por ver a otro gozar de lo que deseamos; los celos, por ver a otro poseer lo que quisiéramos poseer nosotros.
La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.
No se ha llegado al colmo del dolor cuando se tiene aún fuerza para quejarse.
Un caballero se avergüenza de que sus palabras sean mejores que sus actos.
No hables de afecto perdido, el afecto nunca es en vano.
El miedo guarda la viña.
La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.
De cualquier forma, los celos son en realidad una consecuencia del amor: os guste o no, existen.
¿Qué es un envidioso? Un ingrato que detesta la luz que le alumbra y le calienta.
La felicidad está más con el pobre que considera que tiene bastante que con el rico, que nunca cree que tiene bastante.
El exceso de cólera engendra la locura.
El verdadero secreto de la felicidad consiste en exigir mucho de sí mismo y muy poco de los otros.
La envidia es el gusano roedor del mérito y de la gloria.
La desconfianza es madre de la seguridad.
La gratitud es como aquel licor de Oriente que sólo se conserva en jarros de oro: perfuma las almas grandes y se agria en las pequeñas.
Contra los valores afectivos no valen razones, porque las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera verdad.
El papel natural del hombre del siglo XX es la ansiedad.