Para quien ama la lisonja, es enemigo quien no es adulador.
La esperanza es una virtud cristiana que consiste en despreciar todas las miserables cosas de este mundo en espera de disfrutar, en un país desconocido, deleites ignorados que los curas nos prometen a cambio de nuestro dinero.
Cuando el dolor es insoportable, nos destruye; cuando no nos destruye, es que es soportable.
¡Siendo de dos una tristeza, ya no es tristeza, es alegría!
El miedo reina sobre la vida.
Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera.
La esperanza es como el sol, que arroja todas las sombras detrás de nosotros.
La altivez es útil, todo hombre debe ser altivo.
Las mujeres feas son celosas de sus maridos. Las bonitas no tienen tiempo, ¡siempre están tan ocupadas en estar celosas de los maridos de los demás...!
Tanto miedo tengo, que aún para huir no tengo valor.
Somos criaturas tan tornadizas, que acabamos por experimentar los sentimientos que fingimos.
Los celos nacen del amor, pero no mueren con éste.
La juventud es el paraíso de la vida, la alegría es la juventud eterna del espíritu.
Pedir celos es despertar a alguien que está durmiendo.
El dolor es, él mismo, una medicina.
Podría hacerse a mucha gente feliz con toda la felicidad que se pierde en este mundo.
El verdadero dolor es el que se sufre sin testigos.
Hay que atender no sólo a lo que cada cual dice, sino a lo que siente y al motivo por el que lo siente.
Donde una puerta se cierra, otra se abre.
No confíes en tus sentimientos, porque, sean cuales sean ahora, muy pronto habrán cambiado.
Castiga a los que tienen envidia haciéndoles bien.
El orgullo precede a la caída.
Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros.
Toma consejo de tu enemigo.
¿Racionalizar la fe? Quise hacerme dueño y no esclavo de ella, y así llegué a la esclavitud en vez de alcanzar la libertad en Cristo.
El hombre a quien el dolor no educó siempre será un niño.
Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcetines con nuestros pies?
La felicidad recupera en altura lo que le falta en longitud.
Quien quisiera que el hombre no conociera el dolor, evitaría al mismo tiempo el conocimiento del placer y reduciría al mismo hombre a la nada.