La verdadera felicidad consiste en hacer el bien.
La dulce piedad es el símbolo de la verdadera grandeza.
Desconfía de la persona que lo ve todo bien, y de aquel que lo ve todo mal.
El odio es la cólera de los débiles.
No entiendo por qué el que es dichoso busca mayor felicidad.
Se sufre de dos clases de celos: los del amor y los del amor propio.
Siempre la felicidad nos espera en algún sitio, pero a condición de que no vayamos a buscarla.
Sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego.
No es fiel quien no confía en nadie.
Mucha gente se hace una idea equivocada sobre la verdadera felicidad. No se consigue satisfaciendo los propios deseos, sino siendo fieles a un cometido que merezca la pena.
Cada vez que un hombre defiende un ideal, actúa para mejorar la suerte de otros o lucha contra una injusticia, transmite una pequeña onda de esperanza.
Lo mejor y lo más bonito de esta vida no puede verse ni tocarse, debe sentirse con el corazón.
Nadie es realmente digno de envidia.
Los celos son una ceguera que arruina los corazones; quejarse y lamentarse no son signos de afecto, sino de locura y malestar.
El orgullo engendra al tirano. Cuando el orgullo, tras acumular imprudencias y excesos, se eleva sobre el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males del que no hay salida.
La idea de ser presidente me da miedo, y no creo que quiera el trabajo.
Hazles comprender que no tienen en el mundo otro deber que la alegría.
La fe es el antiséptico del alma.
La ira es como el fuego; no se puede apagar sino al primer chispazo. Después es tarde.
El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma.
La mujer celosa en sí no reposa, y al marido siempre le trae aflicción.
Ligerezas como el aire son para el celoso fuertes confirmaciones, como un testimonio de las Sagradas Escrituras.
Todo lo que la tierra da y todo aquello que se llama felicidad sólo es un juguete de la suerte; lo que nosotros somos, eso sólo nos pertenece.
Qué feliz era yo cuando era una infeliz.
El sentimiento es una flor delicada, manosearla es marchitarla.
Cuando uno se acostumbra a una dulce monotonía, ya nunca, ni por una sola vez, desea ningún tipo de distracción, para no descubrir que se aburre todos los días.
La felicidad que se vive deriva del amor que se da.
Nuestro carácter nos hace meternos en problemas, pero es nuestro orgullo el que nos mantiene en ellos.
El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere sino querer siempre lo que se hace.