Las enemistades ocultas y silenciosas, son peores que las abiertas y declaradas.
La felicidad es una cosa monstruosa. Quienes la buscan encuentran su castigo.
El hombre que no se contenta con poco, no se contenta con nada.
Uno no se hace grande más que midiendo la pequeñez de su dolor.
Los tímidos temen antes del peligro; los cobardes, durante el mismo; los valientes, después.
Las decepciones no matan, y las esperanzas hacen vivir.
Si sólo se dieran limosnas por piedad, todos los mendigos ya habrían muerto de hambre.
No hay que ser pesimista ni tener esperanza.
La felicidad es un sentimiento fundamentalmente negativo: la ausencia de dolor.
Los pueblos viven sobre todo de esperanzas. Sus revoluciones tienen por objeto sustituir con esperanzas nuevas las antiguas que perdieron su fuerza.
El hombre más feliz es aquel que hace feliz a la mayor cantidad de sus semejantes.
El hijo de las largas convivencias desapasionadas es el tedio.
Hay dos maneras de conseguir la felicidad: hacerse el idiota o serlo.
El bien de la humanidad consiste en que cada uno disfrute al máximo de la felicidad que pueda, sin disminuir la felicidad de los demás.
Hay cuatro tipos de personas en el mundo: los amantes, los ambiciosos, los observadores y los tontos. Estos son los más felices.
El mayor despeñadero es la confianza.
Una persona aburrida es aquella que habla cuando deseas que te escuche.
¿No tienes enemigos? ¿Es que nunca dijiste la verdad o nunca amaste la justicia?
Los celos pueden ser una forma nueva de probar el amor, pero también pueden ofender la dignidad de una mujer perfectamente delicada.
Mientras hay vida hay esperanza.
El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor.
El corazón alegre hace tanto bien como el mejor medicamento.
Las cosas más bellas y mejores en el mundo, no pueden verse ni tocarse pero se sienten en el corazón.
El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son.
¿Para qué sirve el arrepentimiento, si eso no borra nada de lo que ha pasado? El mejor arrepentimiento es simplemente cambiar.
La confianza es madre del descuido.
Quien sabe de dolor, todo lo sabe.
A los ídolos no hay que tocarlos: se queda el dorado en las manos.
Es una especie de enfermedad natural de los poderosos no poder fiarse de los amigos.