La mayoría de las personas son como alfileres: sus cabezas no son lo más importante.
La inteligencia conoce todas las cosas y ordenó todas las cosas que van a ser, las que fueron, las que son ahora y las que no son.
Aunque es cierto que las alegrías son cortas, tampoco nuestros pesares son muy largos.
Si solo nos bastara ser felices, sería muy fácil; pero queremos ser más felices que los demás, y esto casi siempre es imposible, porque creemos que los demás son mucho más felices de lo que en realidad son.
Los celos son hijos del amor, pero son bastardos, te confieso.
Los celos son una ceguera que arruina los corazones; quejarse y lamentarse no son signos de afecto, sino de locura y malestar.
¿Por qué esperas con impaciencia las cosas? Si son inútiles para tu vida, también es inútil esperarlas. Si son necesarias, vendrán y lo harán a tiempo.
Todos los que parecen estúpidos, lo son, y además también lo son la mitad de los que no lo parecen.
Todos los necios son obstinados y todos los obstinados son necios.
Todos los medios son buenos cuando son eficaces.
Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas.
Todas las épocas decadentes son subjetivas y, por el contrario, todas las épocas de progreso son objetivas.
Las leyes son inútiles para los buenos, porque los hombres de bien no las necesitan; y también para los malos, porque éstos no son mejores con ellas.
Las leyes son semejantes a las telas de araña; detienen a lo débil y ligero y son deshechas por lo fuerte y poderoso.
Para los historiadores, los príncipes y los generales son genios; para los soldados siempre son unos cobardes.
Los hombres de Estado son como los cirujanos: sus errores son mortales.
Los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los colocados en los lugares más altos son los más inútiles.
Las leyes no son crueles ni suaves; son inmutables y, como tales, previsibles, cuadros fijos en cuyo interior incumbe al hombre diseñar lo mejor que sepa su destino.
Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir.
Las modas son legítimas en las cosas menores, como el vestido. En el pensamiento y en el arte son abominables.
El que me coacciona pretende hacerlo porque sus razones son fuertes; pero en realidad lo hace porque son débiles.
Las vidas de los ricos son en el fondo tan aburridas y monótonas, simplemente porque ellos pueden escoger lo que les sucederá. Están aburridos porque son omnipotentes... La cosa que mantiene la vida romántica y llena de ardientes posibilidades es la existencia de esas grandes limitaciones vulgares que nos obligan a todos a enfrentarnos a las cosas que no nos gustan o que no esperamos.
Las lágrimas derramadas son amargas, pero más amargas son las que no se derraman.
Las palabras son enanos, los ejemplos son gigantes.
Las personas no son ridículas sino cuando quieren parecer o ser lo que no son.
Los sufrimientos son como nubes pasajeras: que de lejos nos parecen negras y de cerca apenas son grises.
No somos disparados a la existencia como una bala de fusil cuya trayectoria está absolutamente determinada. Es falso decir que lo que nos determina son las circunstancias. Al contrario, las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter.
Algunas personas son tan falsas que ya no son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que dicen.
Los placeres son como los alimentos: los más simples son aquellos que menos cansan.
Los golpes de la adversidad son muy amargos, pero nunca son estériles.