Ponemos más interés en hacer creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo.
La felicidad reside en los gustos y no en las cosas; somos felices cuando tenemos lo que nos gusta y no cuando tenemos lo que los demás encuentran agradable.
Nunca somos tan felices ni tan infelices como pensamos.
Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Nada puede destruir a la Humanidad, excepto la Humanidad misma.
Si somos arrastrados a Cristo, creemos sin querer; se usa entonces la violencia, no la libertad.
Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.
Somos libres: libres como las barcas perdidas en el mar.
Aunque las mujeres no somos buenas para el consejo, algunas veces acertamos.
Cuando se trata de dinero todos somos de la misma religión.
Cuando somos jóvenes lamentamos no tener una mujer, cuando nos hacemos viejos lamentamos no tener a la mujer.
Siempre la ética estará en crisis, porque si no está en crisis es que somos demasiado autocomplacientes y pensamos que ya se han realizado todos los ideales, lo cual sería lo más negativo que nos podría ocurrir.
Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla.
No es bueno que los hombres sepan hasta qué punto somos buenos.
Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.
Somos naturaleza. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe.
Puede decirse que el grito de la historia nace con nosotros y que es uno de nuestros dones más importantes. En cierto sentido somos históricos todos los hombres.
No es el tiempo el que nos falta. Somos nosotros quienes le faltamos a él.
El tiempo físico nos es extraño, mientras el tiempo interior somos nosotros mismos.
El 28 de diciembre nos recuerda lo que somos durante los otros 364 días del año.
Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos.
No somos disparados a la existencia como una bala de fusil cuya trayectoria está absolutamente determinada. Es falso decir que lo que nos determina son las circunstancias. Al contrario, las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter.
Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.
Para llevar a cabo grandes empresas hay que vivir convencidos, no de que somos longevos, sino inmortales.
Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.
En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser.
Somos lo que hacemos, no lo que pensamos ni lo que sentimos.
Somos fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos.
Cuando ves lo que somos y lo que representa la vida, sólo el silencio es grande; todo lo demás es debilidad.
Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos.
Fingimos lo que somos; seamos lo que fingimos.