En lo que parecemos, todos tenemos un juez; en lo que somos, nadie nos juzga.
No hay que prestar atención a quienes nos aconsejan, bajo el pretexto de que somos hombres y solo debemos pensar en las cosas humanas, ni a quienes, por ser mortales, nos llevan a renunciar a las cosas inmortales.
Sería absurdo que nosotros, que somos finitos, tratáramos de determinar las cosas infinitas.
Un instante de lucidez, sólo uno; y las redes de lo real vulgar se habrán roto para que podamos ver lo que somos: ilusiones de nuestro propio pensamiento.
Nadie es patria, todos lo somos.
Somos sanados del sufrimiento solamente cuando lo experimentamos a fondo.
Cuanto más nos inclina la naturaleza a los placeres, tanto más propensos somos a la licencia que a la decencia.
Si pasas suficiente tiempo con un hombre, te darás cuenta de que todos somos aún niños pequeños.