Todo niño viene al mundo con cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que este amor salve o condene.
En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.
La vejez es una enfermedad como cualquier otra en la que al final uno muere irremisiblemente.
Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan al respeto a sus maestros.
Siempre tuve miedo al futuro, porque en el futuro, entre otras cosas, está la muerte.
Las palabras del año pasado pertenecen al lenguaje del año pasado. Las palabras del próximo año esperan otra voz.
El paso del tiempo condena al olvido la memoria de un país.
La vejez es mala porque priva al hombre de todos los placeres, dejándole los apetitos.
Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar al futuro.
¡Insensato quien fía al porvenir!
Cada niño que viene al mundo nos dice: Dios aún espera del hombre.
Esta es la primera vez que ha prestado mucha atención al futuro, lo cual no deja de ser irónico, ya que tal vez no tengamos ninguno.
Al burro muerto, cebada al rabo.
Mi sangre y mis orígenes son albaneses, pero soy ciudadano indio. Soy monja católica. Por profesión, pertenezco al mundo entero. Por corazón, pertenezco por completo al Corazón de Jesús.
Al amor, al baño y a la tumba, se debe ir desnudo.
Al que al cielo escupe, en la cara le cae.
Al hablar, como al guisar, su granito de sal.
El mareo es al espacio lo que la impaciencia al tiempo.
La soledad es al espíritu lo que la dieta al cuerpo.
El cambio es ley de vida. Cualquiera que sólo mire al pasado o al presente, se perderá el futuro.
Al inteligente se le puede convencer; al tonto, persuadir.
Consentir que nos condecoren es reconocer al Estado o al príncipe el derecho de juzgarnos, iluminarnos, etc.
Todos los Estados bien gobernados y todos los príncipes inteligentes han tenido cuidado de no reducir a la nobleza a la desesperación, ni al pueblo al descontento.
En la pelea, se conoce al soldado; sólo en la victoria, se conoce al caballero.
La acción es lo único que tiene valor. Soñar que se juega al tenis no es nada. Leer libros de tenis no es nada. Jugar al tenis es un gran placer.
La talla de las estatuas disminuye al alejarse de ellas; la de los hombres, al acercarse.
Al tratar del Estado debemos recordar que sus instituciones no son aborígenes, aunque existieran antes de que nosotros naciéramos; que no son superiores al ciudadano; que cada una de ellas ha sido el acto de un solo hombre, pues cada ley y cada costumbre ha sido particular; que todas ellas son imitables y alterables, y que nosotros las podemos hacer igualmente buenas o mejores.
Al principio y al final de las catástrofes, siempre se dice algo retórico. En el primero, aún no se ha perdido la costumbre; en el segundo, se ha recuperado. Es en el mismo momento de la desgracia cuando uno se acostumbra a la verdad.
El papel más honroso en una conversación corresponde al que da la ocasión a ella, y luego al que la dirige y hace que se pase de un asunto a otro, pues así uno dirige la danza.
La mayor parte de los hombres tiene una capacidad intelectual muy superior al ejercicio que hacen de ella.