La envidia es el gusano roedor del mérito y de la gloria.
La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.
La envidia es causada por ver a otro gozar de lo que deseamos; los celos, por ver a otro poseer lo que quisiéramos poseer nosotros.
¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!.
La envidia es una declaración de inferioridad.
Nadie es realmente digno de envidia.
Castiga a los que tienen envidia haciéndoles bien.
La envidia, el más mezquino de los vicios, se arrastra por el suelo como una serpiente.
La muerte abre la puerta de la fama y cierra tras de sí la de la envidia.
Nuestra envidia dura siempre más que la dicha de aquellos que envidiamos.
El envidioso puede morir, pero la envidia nunca.
En cuanto el hombre abandona la envidia empieza a prepararse para entrar en el camino de la dicha.
La indignación moral es, en la mayoria de los casos, un dos por ciento de moral, un cuarenta y ocho por ciento, indignación, y un cincuenta por ciento, envidia.
La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.
La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come.
El orgullo, que nos inspira tanta envidia, a menudo nos sirve también para moderarla.
Tengo tres perros peligrosos: la ingratitud, la soberbia y la envidia. Cuando muerden dejan una herida profunda.
La indignación moral no es más que envidia con aureola.
Pocos hombres tienen la fuerza de carácter suficiente para alegrarse por el éxito de un amigo sin sentir cierta envidia.
Si las preocupaciones íntimas de cada uno se leyeran escritas en su frente, ¡cuántos que causan envidia nos moverían a lástima!