Casi todo lo absurdo de nuestra conducta es resultado de imitar a aquellos a los que no podemos parecernos.
Al hombre que hace todo lo que puede no podemos decirle que no hace todo lo que debe.
El tiempo es un maestro de ceremonias que siempre acaba poniéndonos en el lugar que nos corresponde. Vamos avanzando, deteniéndonos y retrocediendo según sus órdenes. Nuestro error es imaginar que podemos buscarle las vueltas.
Un minuto que pasa es irrecuperable. Conociendo esto, ¿cómo podemos malgastar tantas horas?
De la conquista podemos decir que no se ha producido jamás por la fuerza y la imposición brutal, pues no dura una conquista de esta naturaleza. La conquista, lo mismo que el poder de imposición, ha de aportar, cosa esencial en toda sociedad humana, algún beneficio consigo, o bien los hombres con toda su fuerza la rechazarán.
No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos.
No podemos negociar con aquéllos que dicen, «lo que es mío es mío y lo que es tuyo es negociable».
Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.
Aunque todo lo demás falle, siempre podemos asegurarnos la inmortalidad cometiendo algún error espectacular.
El misterio es la cosa más hermosa que podemos experimentar. Es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos.
Cuanto menos poseemos, más podemos poseer.
El mejor regalo que podemos darle a otra persona es nuestra atención íntegra.
Podemos observar en la república de los perros que todo el Estado disfruta de la paz más absoluta después de una comida abundante, y que surgen entre ellos contiendas civiles tan pronto como un hueso grande cae en poder de algún perro principal, quien lo reparte con unos pocos, estableciendo una oligarquía, o lo conserva para sí, estableciendo una tiranía.
Podemos detenernos cuando subimos, pero nunca cuando descendemos.
Es rey quien nada teme, es rey quien nada desea; y todos podemos darnos ese reino.
Para elogiar, nuestra pluma corre rápidamente. Cuando se trata, empero, de vituperar, sólo a fuerza de horas podemos concluir el artículo más conciso.
Al tratar del Estado debemos recordar que sus instituciones no son aborígenes, aunque existieran antes de que nosotros naciéramos; que no son superiores al ciudadano; que cada una de ellas ha sido el acto de un solo hombre, pues cada ley y cada costumbre ha sido particular; que todas ellas son imitables y alterables, y que nosotros las podemos hacer igualmente buenas o mejores.
Estamos solos, vivimos solos y morimos solos. Solo a través del amor y la amistad podemos hacernos la ilusión, por un momento, de que no estamos solos.