Todas las obras de arte deben empezar por el final.
A Picasso, incluso quienes le detestan, le soportan, porque nunca usa solo el talento. Solo usa el genio. Sus obras nunca son pensamientos. Son actos.
Las grandes obras no se hacen con fuerza, sino con perseverancia.
La virtud de un hombre no debe medirse por sus esfuerzos, sino por sus obras cotidianas.
Lo que el mundo llama genio es el estado de enfermedad mental que nace del predominio indebido de algunas facultades. Las obras de tales genios no son sanas en sí mismas, y siempre reflejan la demencia mental general.
Las lágrimas más amargas que se derramarán sobre nuestra tumba serán las de las palabras no dichas y las de las obras inacabadas.
A quien las buenas obras no aprovechan y las tiernas palabras no mueven, las malas le domen con duro y riguroso castigo.
El genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las acaba.
Es funesto que nos acostumbremos a considerar como ejemplos de belleza sana algunas obras clásicas, que quizás son objetivamente muy valiosas, pero que no provocan deleite.
El único autógrafo digno de un hombre es el que deja escrito con sus obras.
Las palabras, cera; las obras acero.
El agradecimiento que sólo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras.
El infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo de buenas obras.
Que cada hombre construya su propia catedral. ¿Para qué vivir de obras de arte ajenas y antiguas?
Los hombres pasan, los recuerdos permanecen, como permanecen las obras de quienes hacen algo.
No se ganan los hombres con favores sin obras.
Las obras no se terminan, se abandonan.
Las obras están medio terminadas cuando se han comenzado bien.