La naturaleza ha puesto en nuestras mentes un insaciable deseo de conocer la verdad.
Un ordenador es para mí la herramienta más sorprendente que hayamos ideado. Es el equivalente a una bicicleta para nuestras mentes.
Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas.
El único límite para nuestra comprensión del mañana serán nuestras dudas del presente.
Todas las cosas buenas son nuestras; ya el alma no necesita del cuerpo más que lo que el propio cuerpo necesita del alma.
Experiencia es el nombre que damos a nuestras equivocaciones.
Todos estamos llenos de debilidades y errores; perdonémonos recíprocamente nuestras tonterías: esta es la primera ley de la Naturaleza.
¿Qué es la felicidad sino el desarrollo de nuestras facultades?
A menudo nos avergonzaríamos de nuestras acciones más hermosas si el mundo supiera todos los motivos que las impulsan.
Nuestras virtudes son, a menudo, hijas bastardas de nuestros vicios.
Nuestras virtudes y nuestros defectos son inseparables, como la fuerza y la materia. Cuando se separan, el hombre no existe.
Nuestras discordias tienen su origen en las dos mayores fuentes de calamidad pública: la ignorancia y la debilidad.
La libertad no es un fin, sino un medio para desarrollar nuestras fuerzas.
La globalización está provocando un obsesivo afán de identidad, que va a provocar muchos enfrentamientos. Nuestras cabezas se mundializan, pero nuestros corazones se localizan.
Nuestra adhesión a un líder natural no es una pérdida de libertad, sino el reconocimiento de que nuestras ideas tienen un ejecutor y un intérprete.
La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras.
Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión.
Ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante.
La mayoría de nuestras equivocaciones en la vida nacen de que cuando debemos pensar, sentimos, y cuando debemos sentir, pensamos.
Acostumbramos a cometer nuestras peores debilidades y flaquezas a causa de la gente que más despreciamos.
El daño que hacemos no nos trae tantas persecuciones y odios como nuestras buenas cualidades.
Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.
Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores.
Dios, que muestras nuestras lágrimas a nuestro conocimiento, y que, en su inmutable serenidad, nos parece que no nos tiene en cuenta, ha puesto él mismo en nosotros esta facultad de sufrir para enseñarnos a no querer hacer sufrir a otros.
Nuestras mayores tonterías pueden ser muy sabias.
Algunas cosas se vuelven tan nuestras que las olvidamos.
Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.
El pesar y la pobreza purifican el corazón del hombre, aunque nuestras mentes débiles no ven nada de valor en el universo, salvo la comodidad y la felicidad.
¡Que enmudezcan nuestras lenguas y empiecen a hablar las manos!
Si queremos gozar de la paz, debemos velar bien nuestras armas; si deponemos las armas, nunca tendremos paz.