Nuestras acciones hablan tanto de nosotros como nosotros de ellas.
La mayor parte de nuestras desgracias son más soportables que los comentarios que hacen nuestros amigos sobre ellas.
Hablando de nuestras desgracias las aliviamos.
Nada fortifica tanto las almas como el silencio; que es como una oración íntima en la que ofrecemos a Dios nuestras tristezas.
Los conceptos son de todos y se nos imponen desde fuera; las intuiciones siempre son nuestras.
El mundo es la suma total de nuestras posibilidades vitales.