El tiempo es un maestro de ceremonias que siempre acaba poniéndonos en el lugar que nos corresponde. Vamos avanzando, deteniéndonos y retrocediendo según sus órdenes. Nuestro error es imaginar que podemos buscarle las vueltas.
Y así vamos adelante, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.
Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y, sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera.
Según vamos adquiriendo conocimiento, las cosas no se hacen más comprensibles, sino más misteriosas.