El signo más cierto de la sabiduría es la serenidad constante.
Al luchar contra la angustia uno nunca produce serenidad; la lucha contra la angustia sólo produce nuevas formas de angustia.
Dios, que muestras nuestras lágrimas a nuestro conocimiento, y que, en su inmutable serenidad, nos parece que no nos tiene en cuenta, ha puesto él mismo en nosotros esta facultad de sufrir para enseñarnos a no querer hacer sufrir a otros.
La victoria y el fracaso son dos impostores, y hay que recibirlos con la misma serenidad y un saludable punto de desdén.