El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida.
Incluso en el trono más alto, uno se sienta sobre sus propias posaderas.
Nada viaja más rápido que la luz, con la posible excepción de las malas noticias, que siguen sus propias leyes.
El Estado, al igual que el suelo sobre el que se halla situado, no es un patrimonio. Consiste en una sociedad de hombres sobre los cuales únicamente el Estado tiene derecho a mandar y disponer. Es un tronco que tiene sus propias raíces.