El orgullo engendra al tirano. Cuando el orgullo, tras acumular imprudencias y excesos, se eleva sobre el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males del que no hay salida.
La muerte abre la puerta de la fama y cierra tras de sí la de la envidia.
En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días.
Añorar el pasado es correr tras el viento.
No me siento viejo porque tenga tantos años tras de mí, sino por los pocos que tengo por delante.
La fortuna no está hecha para los perezosos y, para alcanzarla, antes de mantenerse bien sentado hay que correr tras ella.