No hay alma, por poco noble que sea, que permanezca tan aferrada a los objetos de los sentidos que, a veces, no se aparte de ellos para desear un bien mayor.
Si los sentidos no son veraces, toda nuestra razón es falsa.
Nuestros sentidos nos permiten percibir sólo una pequeña porción del mundo exterior.
Nuestros sentidos nos engañan o son insuficientes cuando se trata de análisis, observación y apreciación.
La noción que adquirimos de las cosas exteriores a través de los sentidos, aunque no sea tan cierta como nuestro conocimiento intuitivo, merece el nombre de conocimiento.