El amor es como el mercurio en la mano. Deja los dedos abiertos y se queda impregnado.
¿No es una sorpresa que en un recipiente donde el mercurio no tiene inclinación ni siquiera la más mínima repugnancia por estar allí, deba entrar y elevarse en una columna lo suficientemente alta para equilibrar el peso del aire externo que obliga a todo eso?