En julio de 1892, el destino de repente me concedió la independencia financiera.
Nunca he hecho, pero una oración a Dios, muy breve: "¡Oh Señor, que mis enemigos sean ridículos!" Y Dios le concedió.
Cuando la Revolución Industrial del siglo XIX trajo un rápido aumento de la riqueza, la demanda de los trabajadores por una parte equitativa de la riqueza que creaban se concedió solo después de disturbios y huelgas.
No creo que Dios quiera exactamente que seamos felices, quiere que seamos capaces de amar y de ser amados, quiere que maduremos, y yo sugiero que precisamente porque Dios nos ama nos concedió el don de sufrir; o por decirlo de otro modo: el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos; porque somos como bloques de piedra, a partir de los cuales el escultor poco a poco va formando la figura de un hombre, los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen también nos hacen más perfectos.