Un minuto que pasa es irrecuperable. Conociendo esto, ¿cómo podemos malgastar tantas horas?
Preparar un discurso de diez minutos me cuesta un par de semanas; un discurso de una hora, una semana, y siempre puedo improvisar un discurso de dos horas.
Soy tan partidario de la disciplina del silencio que podría hablar horas enteras sobre ella.
Para elogiar, nuestra pluma corre rápidamente. Cuando se trata, empero, de vituperar, sólo a fuerza de horas podemos concluir el artículo más conciso.