El amor, el tabaco, el café y, en general, todos los venenos que no son lo bastante fuertes para matarnos en un instante, se convierten en una necesidad diaria.
Se cambia más fácilmente de religión que de café.
La mujer es como una buena taza de café: la primera vez que se toma, no deja dormir.
Si no hay café para todos, no habrá para nadie.
Claro que el café es un veneno lento; lo llevo bebiendo cuarenta años.