El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos caballos enérgicos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del caballo negro (placer) y armonizarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio.
A veces sucede así en la vida: cuando son los caballos los que han trabajado, es el cochero el que recibe la propina.